NUESTRA FINCA QUE MIRABA SOBRE EL RIO (CAP XXXII)




  • Cuatro meses después que el maestro Luciano había entregado a la directiva de la Asamblea General las copias de los estudios topográficos que los ingenieros dejaron en las cajas encontradas en la finca, se presentó un convoy de la Policía Estatal Preventiva, esta vez sin causar destrozos, solicitándole los acompañara, pues las autoridades le requerían para rendir una declaración.

    Él apenas había salido de un período laborioso, a raíz de que encontrara esas cajas en la finca, ya cuando iba a incinerarlas con otra basura. Eran unos pliegos de papel encerado, guardados tal vez con precipitación y sin orden, que despertaron su curiosidad, puesto que eran documentos originales, incluso algunos tenían borrones

    de tinta china que se hubiera derramado, al estarse elaborando. No le resultó fácil cerciorarse que era parte esencial aunque incompleta, de estudios topográficos de la región, pliegos y más pliegos de curvas de niveles, y cartas pluviométricas con registros de algunos años del comportamiento de las lluvias. En otra caja menor descubrió libretas o bitácoras, a modo de diarios de trabajo de los muchachos ingenieros que la policía abatió, sospechosos de pertenecer a la Liga Comunista 23 de Septiembre que buscarían adoctrinar a la población con ideas políticas exóticas.  En más rollos de pliegos se consignaban detalles del proyecto para convertir la región en zona de agricultura de riego. En los planos se consignaban los materiales, las tuberías para derivar por acequias y canales el agua de los estanques y vasos de almacenamiento; los tipos de plásticos para evitar filtraciones al subsuelo; los cárcamos para instalaran bombas y las especificaciones para la construcción de los cuartos de máquinas. También iban detalles de la construcción de un tanque elevado de almacenamiento así como la torre de elevación. Se enunciaba todo el material necesario así como los tiempos de trabajo y el personal requerido. Gran parte del contenido de estas cartas aludía a un ámbito profesional que al maestro Luciano le era ajeno, por lo que recurrió al apoyo de un ingeniero civil con inclinación a los trabajos hidráulicos que enseñaba en la carrera de Ingeniería Forestal, Saulo Torrado, y quien, desafortunadamente, para esta época tenía puesto el mayor interés en trasladarse al Mineral del Oro, descubierto en la zona serrana y que tanto personal estaba demandando. Aun así, le concedió varias reuniones al maestro Luciano para explicarle el contenido de su hallazgo.

    Cuando el maestro Luciano estuvo empapado del significado de los documentos acudió ante los integrantes de la Asamblea General para informárselos. Gran parte del trabajo requería del esfuerzo comunitario y también de la contratación de profesionales. Ubicados los puntos para conformar  los estanques que buscarían convertir en acuarios y los vasos de almacenamiento del agua para derivación, lo mismo que la red de canales de distribución, no esperaron más tiempo para poner manos a la obra. En su momento, el maestro Luciano así como les solicitó el mayor sigilo para iniciar las obras del proyecto, les hizo ver de la necesidad de contratar a los profesionales que  valoraran esos estudios o bien llevarlos a un bufete especializado en Los Mochis  y  que supervisara los trabajos y avance de las obras. A partir de esto, fue notoria la actividad que desplegó la población, ya que la imaginación colectiva fue presa fácil de las ilusiones de verse pronto encaramados en la senda del progreso, con lo que provocaron que más de dos dependencias les pusieran los ojos encima. De inmediato, burócratas de Conagua manifestaron que no iban a permitir alteraciones del terreno que fueran a desbalancearan el ecosistema.

     Tras las primeras noticias y observaciones sobre las transformaciones que estaba teniendo la región, helicópteros de dependencias oficiales empezaron a sobrevolarla a horas sorpresivas. Parecía que no podían encontrar falta en que lugareños  se dieran a la tarea de raspar con picos y palas algunas laderas de las colinas y redistribuyeran la tierra en carretillas de mano y hasta en baldes y canastos,  cuando se llegó el mal día en que uno de dos helicópteros que hacían vuelos rasantes sobre vados y colinas, se precipitó al suelo con terrible y fatal saldo de que el piloto y dos empleados, precisamente de Conagua, resultaron gravemente heridos, perdiendo la vida en el sitio del accidente. La otra nave, de la Procuraduría General de Justicia, acaso si tenía unos diez minutos  que  había partido hacia otra zona, por lo que no pudo auxiliar oportunamente a los caídos.

    A raíz del accidente, la región se calentó todavía más, pues el peritaje no pudo determinar la falla mecánica que hubiera hecho caer  la nave, entonces tomaba fuerza la sospecha de que quizá  ciudadanos que no querían ser observado pudieron haberla derribado, más para esto tampoco había evidencias. La cuestión era que hasta la detención del maestro Luciano, nunca se había aclarado la causa de la caída y el Gobierno no podía concebir que sus naves pudieran tener una falla, pues ninguno de los helicópteros tenía más de treinta y cinco años en operaciones y menos cuando cada doce meses se les sometía a mantenimiento. Fue un continuo citar a ciudadanos para que declararan y a través de este recurso, se había integrado un voluminoso expediente. La Asamblea General optó por bajar el ritmo de los trabajos, para espera que disminuyera el impacto del accidente, ya que de todos modos las lluvias se habían retrasado tanto ese año que era muy posible que las obras tendrían utilidad hasta la temporada de aguas del año venidero.

    A raíz del accidente, las autoridades cada tanto tiempo enviaban por algún vecino para interrogarlo, quizá dieran con una pista para no quedarse con las manos vacías.  Ahora le tocaba su turno al maestro Luciano, quien por lo demás, estaba ya desvinculado de las obras y se concentraba, aparte de pintar  en piedras  que sacaba del lecho del río, con lo que se hacían de algún dinero él y su María del Sagrario, en alfabetizar a personas adultas, esto con la esperanza de que el INEA le extendiera tarde o temprano su certificado.

    Aceptó acompañar a los agentes que fueron por él, más antes debían permitirle poner a resguardo la motocicleta. Cuánto mejor que pusiera lo que estuviera de su parte para desahogar esta diligencia. Cuando metió el vehículo y luego de depositar sus llaves así como las de la casa en manos de la pareja que lo auxiliaban en la finca, les comentó a los oficiales que para llevarlo a una declaración no era necesario un despliegue de tanta fuerza armada, ya que en cada Patrulla de la Policía vio entre seis y ocho elementos con armas largas y cortas y con los rostros cubiertos por pasamontañas, y no precisamente para evitar polvearse las mejillas con la tierra de los caminos.

    Uno de los agentes le contestó que el despliegue no era tanto por él, sino que también iban por una gavilla de ladrones de ganado y dos músicos que habían dejado los instrumentos para elaborar chorizo con carne de cadáveres de perros.

    ----- ¡Son peligrosos, pues ponen en riesgo la salud de la población! ---- comentó el oficial, con cierta sorna.

    ----- Los acompañaré, pero por un simple formulismo me gustaría saber si traen algún documento que legitime esta acción. ---- les dijo el maestro Luciano.

    ----- No nos ponga nerviosos ---- dijo otro oficial ---- Usted no va detenido, sino solo requerido para  una declaración.

    ----- El documento debiera expresar la autoridad que me requiere y en dónde.

    Otro de los elementos que más feroz se veía, le dio un ligero roce con su arma de alto poder, metiéndole presión para que de una vez, antes de que otra cosa sucediera, se encaramara a la patrulla.

    Ese mismo agente que lo tocó con la punta del arma le preguntó a los otros si no sería conveniente que también de una buena vez cargaran con la motocicleta

    Los agentes intercambiaron miradas, como si ese detalle del vehículo en que el maestro se movilizaba, no lo tuvieran muy claro.

    Ya estando arriba el maestro Luciano,  otros dos agentes que nunca se bajaron de inmediato le levantaron los brazos y lo esposaron de los tubos de la burrera. El profesor Luciano pudo ver una seña que le hizo desde abajo su colaborador, pidiéndole que soportara con paciencia, puesto que  no estaba solo a su suerte.

    Aunque el convoy de la policía había llegado como si vinieran de recorrer la sierra, los tres vehículos dieron vuelta y de nuevo emprendieron camino hacia las tierras altas. Era una hora relativamente temprana, alrededor de las diez y media, y tras que levantaron al maestro Luciano, en todo el caserío de inmediato se desató gran revuelo, con movimiento de vehículos locales.

    El presidente de la asamblea general, acompañado de más hombres, se presentó en la finca que miraba sobre el río para conversar con los colaboradores del maestro Luciano. Efectivamente, se lo llevaron sin mostrarle orden de aprehensión, y si tan sólo lo llevaban a presentar, por qué lo habían esposado como a un criminal para trasladarlo y no precisamente rumbo a Los Mochis, aunque si enfilaron rumbo a la sierra se justificaba porque iban sobre los músicos que se habían metido a choriceros sacrificando perros. Lo de la búsqueda de gavilleros debía ser falso, pues hacia mucho que los guardias civiles habían limpiado de ladrones de ganado la región. Aunque la policía nunca antes detuvo a nadie por ese delito.

    Todavía estaban en estas consideraciones junto a la finca, a donde iba llegando más gente, cuando de pronto vieron bajar uno de los vehículos que formaban el convoy, siendo efectivamente en el  que subieron al maestro Luciano. Ahora junto a él, también esposado, traían a otro hombre. Debía ser uno de los músicos metidos a choriceros. El maestro Luciano sólo se notaba asoleado por la vuelta entre caminos de terracería, más el otro detenido se observaba lastimado, quizá porque se resistiría al arresto. El presidente de la asamblea tomó datos del vehículo, anotándolos en una libreta, así como el número de efectivos que trasladaban a los detenidos, sin embargo, las otras dos unidades del convoy nunca las vieron regresar mientras estuvieron ahí afuera de la finca.

    La unidad donde llevaban al maestro Luciano y al otro detenido cruzó el puente hacia la Comunidad, introduciéndose a  sus calles. Como era día domingo, no había tantos transeúntes en la vía pública, pero se dirigieron hacia una esquina de la plaza frente al edificio central de la Universidad, donde estaba una tienda de abarrotes y era punto de paso de los estudiantes que iban a los comedores. Se dieron cuenta que uno de los que llevaban detenidos era el maestro Luciano. Y sin embargo, quizá por cautela o temor, empezaron a sacarle una vuelta a la patrulla por alrededor de unos  veinte metros.

    El maestro Luciano en vano buscó una cara conocida. Los policías que los llevaban entraron a comprar pan y Pepsi Colas y algunos hasta queso y se dispusieron a comer. Se olvidaron de los dos que trasladaban, importándoles poco si tenían sed o hambre. Eran siete agentes, uno de ellos se dio cuenta que los detenidos estaban bajo la resolana y fue y movió el vehículo de reversa, para que quedaran bajo la sombra de unos tabachines.

    ------ No vaya siendo que se insolen estos angelitos y luego los mandos nos hagan cargos por no respetar sus Derechos Humanos--- comentó.

    Los demás agentes  le festejaron el comentario, en referencia a un curso sobre Derechos Humanos que habían tomado recientemente.

     

    Contnuará….

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