NUESTRA FINCA QUE MIRABA SOBRE EL RIO. CAPÍTULO XXXIII




  • Una chica salió de la tienda y se acercó a los agentes para preguntarles si podía darles agua o alguna bebida fresca a los detenidos. Uno de los agentes contestó que tenía que ser pronto, pues ya se iban.

    El maestro Luciano la reconoció. Era la chica procedente del campamento sonorense a la que había ayudado para que se viniera a estudiar. Ahora trabajaba en la tienda de abarrotes, para no ser una carga para sus padres. Él se dio cuenta que temblaba cuando le puso la vasija con agua en los labios. El maestro Luciano le suplicó:

    ---- Avísele cuanto antes a la doctora Marina que me sacaron de mi casa, detenido sin ninguna orden oficial.

    ---- No conozco a esa doctora ---- dijo la chica -----.

    ---- Pregunte. Aquí vive su padre. Si no, trate de hablar con el maestro Gumersindo. Que vea lo que puede hacer.

    ---- Si no puedo ir yo, enviaré a mi hermano ---- aseguró ella

    Para esto, en la otra esquina de la plaza, rumbo a la barbería, algunos vecinos se congregaron para divisar  el vehículo de la Policía Estatal Preventiva. Un agente le ordenó a la chica que bajara del estribo de la camioneta, porque ya se iban. En el acto, con todos los elementos en el vehículo, dos adelante en la cabina y cinco atrás en la caja, junto con los dos detenidos, el que conducía maniobró para dar vuelta en U, pasar frente a la Iglesia de San Jerónimo, girar a la izquierda para cruzar junto al edificio central de la Universidad, donde no había personal por ser domingo y nuevamente girar a la izquierda, rumbo a la salida de la Comunidad, más en la esquina un hombre le hizo señas al conductor para que parara. Cuando detuvo el vehículo, se dirigió de una forma muy cortes, agradeciéndoselos.  Les preguntó si iban cerca o lejos, porque si iban lejos, los vecinos habían reunido bebidas, aguas y sodas,  para agentes y detenidos, y esperaban que no tuvieran inconveniente en aceptarlos.

    ---- A ellos los requieren en Culiacán, más no sabría decirle si serán trasladados hoy mismo o mañana. Pero mañana tienen que declarar.

    ---- Bueno, oficial, aquí los vecinos quieren obsequiarlos con líquidos, en prevención de que no se vayan a insolar. Lo demás es asunto de las autoridades. ¿Qué le parece si aceptan este modesto obsequio?

    ----- Nos tienen prohibido aceptar nada, pero por esta ocasión vamos a faltar al reglamento. ¡Sólo botellas sin abrir!

    ---- Van bien tapadas ---- aclaró el peluquero ---- aun con el sello de garantía y algunas muy heladas.

    Y pusieron tres cartoncitos con los líquidos en las manos de dos de los agentes, ya que los otros tres no condescendían con los vecinos. Bajo las máscaras de pasamontañas, se exhibían inflexibles y terribles. Cuando el vehículo reemprendió la marcha, el señor peluquero, les gritó:

    ---- ¡Buen viaje para todos!

    La unidad de la Policía Estatal Preventiva no alcanzaba a salir a la carretera principal cuando al peluquero le timbró el teléfono celular.----- Hay muchas probabilidades de que los lleven directamente a Culiacán hoy mismo, pues mañana deben rendir declaración. Sólo llevan a un choricero, pues el otro se les ha de haber vuelto ojo de hormiga.

    Y esto fue todo, pues quien llamaba colgó.

    El maestro Luciano se sentía más perdido a medida que el vehículo se alejaba de la Comunidad por la carretera hacia Los Mochis, no porque fueran a entrar a despoblado, ya que a uno y otro lado se encontraba lleno de comederos y de colonias agrícolas. Cada tanto trecho la unidad se detenía bajo las frondas de los grandes árboles a la orilla del canal paralelo a la carretera, más nunca se dejaba de ver ya fuera el público de alguna gasolinera o de algún motel. O quizá se detenían para descubrir si alguien los iba siguiendo. Dos o tres veces se encontraron con patrullas de la misma Policía Estatal Preventiva e intercambiaban saludos. En la última gasolinera ubicada antes de llegar a la carretera México-Nogales, se detuvieron a cargar combustible e implementaron un operativo para que los detenidos entraran a los baños. El público ciudadano que ahí estaba en cuanto sintieron la presencia de los agentes con los dos detenidos, se apresuraron para subir a sus  vehículos y poner tierra de por medio. Uno de los conductores, nervioso y aterrorizado, se trepó a su vehículo y arriba se dio cuenta que las llaves las había extraviado. El cajero de la gasolinera lo alcanzó para ponérselas en sus manos. El maestro Luciano notaba que los agentes disfrutaban entre si el pánico que provocaban en los ciudadanos de trabajo con sus armas de alto poder y las máscaras que cubrían sus rostros, lo que hacía que se hincharan como pavorreales.

    A punto de partir, los alcanzaron en las otras dos patrullas, integrando de inmediato el convoy hacia Los Mochis. Al parecer no pudieron detener a ningún otro ciudadano, por lo que tras rendido el parte, al llegar a la carretera México- Nogales, sólo una de las unidades se dirigió al cuartel de Los Mochis, y otra se fue escoltando a la que llevaba a los dos detenidos hacia el Sur, con rumbo a Culiacán. En la primera iban cinco efectivos con los detenidos y de escoltas en la segunda unidad tan solo cuatro, dos en la cabina y dos en la caja. No iban a velocidad constante, sino que solo aceleraban en algunos trechos. El maestro Luciano y el otro detenido de pie, se limitaban a observar los campos, unos barbechados apenas y otros con cultivos ya a punto de ser cosechados. Vino a la memoria del maestro Luciano la vez que descubrió la generosidad de la tierra  sinaloense, al tirar la semilla del primer mango que se comió sobre hojarasca  que la viuda María del Sagrario no levantó con oportunidad, y al cuarto día había brotado la nueva plantita, con su raíz a la vista entre las hojas secas. Eso lo hizo fantasear con la facilidad que aquí tendría para convertirse en un hombre rico. Después, cuando tuvo en la finca terreno para huerto, quizá porque otros asuntos lo distraían sus sueños de producir no los había realizado. ¿Por qué su vida no había podido irse en un solo sentido? No podía sentirse más aplastado, reprochándose su pobre suerte aquí en donde había venido buscando mejorarla. Pensó en las mujeres que pudo haber tenido ¿Acaso no se había hecho de la boca chiquita con la secretaria del rector solo porque se arreglaba con exceso?¿Por qué había tenido tantas reservas para aventarse, como se lo había pedido el rector? Otros pensamientos dudosos lo asaltaban para lastimarlo, tanto como las filosas esposas que inmovilizaban sus manos. Si ya no lo soltaban, qué sería de su motocicleta. Su colección de piezas arqueológicas que había logrado acumular, en manos de quién irían a quedar. Sus estudios de dibujo y pintura, que durante tanto tiempo lo movieron, ya no rendirían ningún fruto. Sentía que muchas cosas se le terminaban. Eran mucho lo que tenía que reprocharse, de haber hecho las cosas de tal manera que ahora los días que había vivido encaramado en una camioneta, aseándose en las tiendas  7-Eleven y en los Oxxo le parecían su  destino más cabal. ¿Debió haberse sometido a la voluntad de aquella leona? ¡Su naturaleza había sido la de un hombre rebelde,  renuente a domesticarse! Si ahora era puesto tras las rejas, no tenía la seguridad de que alguien viniera a verlo alguna vez, ni quien se movería para echarlo fuera. Su mente saltaba de tribulación en tribulación sin haber terminado de resolver la anterior,  y así hasta agotarse. Ese domingo seguía siendo un día soleado, no obstante que algunas nubes blancas, muy bien dibujadas en la lejanía de un cielo bañado en azul, de continuo cambiaban de posición. Parecía un mediodía excelente para quienes habían acudido a las playas. Él nunca iba al mar, excepto cuando acompañó a la doctora Marina a Topolobampo. ¡Ella pedía un hombre que sacara la cara por ella! El maestro Luciano no podía hacerse cargo de esas responsabilidades, pues descuidaría sus proyectos. ¡Y miraba cómo se encontraba ahora con todo y sus proyectos!

    Escuchó cuando uno de los agentes enmascarados le comentó al otro:

    -----  Ya vamos a pasar por Guasave, faltan pocos kilómetros.

    Y casi no terminaba de decir la frase, cuando sintieron que caían sobre ellos proyectiles, sin poder precisar si eran pequeños peñascos o tiros, y esto lo supieron hasta que a dos de los guardias les brotó sangre, a uno del cuello, del área debajo de una oreja, y a otro de un costado del cuerpo. De seguro al conductor los tiradores también debieron haberle acertado, ya que el vehículo de inmediato extravió la dirección, quedando atravesado sobre el carril de la carretera. El agente que iba de copiloto estaba limpio en ese primer ataque e hizo pareja con el que salió ileso de los tres que iban junto a los detenidos esposados. Más que buenos tiradores, al parecer eran escurridizos y veloces para correr, exhibiendo una excelente condición física. El vehículo que hacia la custodia no dejó de avanzar en esa lluvia de plomo, que por lo demás no podía saberse con  certeza de que lado provenía, pues salían de varios puntos. Los dos agentes que viajaban en la caja del vehículo por breves minutos mantuvieron fuego cruzado con tiradores que parecían parapetados sobre el bordo de un canal, utilizado como trinchera, pero con tan poca fortuna que fueron abatidos.  La unidad de custodia pudo evadir a la primera que había sido reducida a chatarra y que quedó atravesada sobre la cinta asfáltica. Mientras tanto, los agentes sobrevivientes al primer ataque se protegían sobre los restos del vehículo, sin poder disparar un solo tiro, ya que por cubrirse no podían alcanzar a ver dónde estaban los tiradores. La unidad de custodia los levantó y con cuatro agentes a bordo, todavía con los pasamontañas cubriéndoles el rostro, continuaron la carretera hacia el Sur, sin averiguar si sus compañeros caídos yacían sin vida o eran dignos de auxilio por aún contar con ella, mucho menos averiguar que sería de los detenidos que trasladaban y siempre trajeron esposados en los tubos de la burrera. Sin embargo, aquella veloz huida con la que intentaron ponerse a salvo de sus atacantes fue vana para los elementos de la Policía Estatal Preventiva sobrevivientes a ese primer ataque, ya que sus cazadores los persiguieron esos kilómetros que faltaban para llegar a Guasave, y en las goteras, precisamente en las puertas de la primera gran tienda de departamentos, les dieron alcance y ya fuera que el pánico los paralizó o que simplemente se les había agotado el ánimo para defenderse o huir, los abatieron con ráfagas de plomo sobre sus cuerpos.

    Atrás, en el sitio del ataque, los detenidos seguían esposados, sin poder retirarse, por más que lo desearan. Y efectivamente, uno de los agentes, el herido en un costado, aunque agonizaba, contaba con un hilito de vida aun yaciendo  anegado en un batidillo de su propia sangre. De llegarle ayuda pronta, podía salvarse.  Pero al punto nadie se acercaba, pues los lugareños, algunos residentes de El Naranjo, no querían estar ni ser testigos cuando llegaran refuerzos por parte de  las autoridades. Un muchacho que conducía una moto y que tuvo la mala fortuna de atravesarse en el lugar equivocado, fue alcanzado por una bala perdida, este sí fue auxiliado por los vecinos.

    El agente que se desangraba hubiera dado las perlas de la virgen porque uno de los detenidos, ilesos, le alcanzara una botella con agua de las que los vecinos les obsequiaron al salir de la Comunidad. La sed le quemaba la boca, a medida que la sangre de sus extrañas la perdía.

    ------ No podemos alcanzar --- le dijo el maestro Luciano. --- Alguien tiene que venir a levantarnos. Ya vendrán. Apenas tenemos unos cinco minutos en esta condición. Si trajeras las llaves de las esposas en una de las bolsas para soltarnos podríamos darte las botellas y auxiliarte. Y necesitas tomar agua, para que repongas liquidez.  Parece que tienes buena coagulación, pues ya no te brota tanta sangre.  

    El agente no volvía a abrir los labios ni tampoco hacer movimiento.

    ------- Y quítate eso de la cara ---- le dijo el maestro Luciano. ¿O debes de morir con la máscara puesta? Trata de no perder el conocimiento porque te vas a ir por la ruta sin retorno.

    Para esto se oyeron nuevos tiros. Eran los atacantes, que venían de  ultimar a los agentes que huyeron hacia Guasave. Subieron a la caja de la Unidad y buscaron entre las ropas de los oficiales caídos. Al fin encontraron las llaves de las esposas. Hicieron subir a los liberados en una de las cuatro unidades mecánicas en que se transportaban.

    El choricero, que seguía haciendo esfuerzos por reponerse de lastimaduras que recibió al oponer resistencia, les dijo a los hombres que los rescataron:

    ------ Uno de los agentes se hizo el muertito. Antes de que regresaran ustedes estaba hablando. Puede sobrevivir si le llega ayuda a tiempo.

    ------ A ver, déjame revisarlo --- dijo uno de los hombres. Se bajó, subió caminando el bordo de la carretera y llegó hasta donde estaba atravesada la unidad policiaca.

    El maestro Luciano lo siguió y ambos subieron la cuesta de la carretera.

    El tiro de gracia que le asestó provocó en el maestro Luciano una sacudida en todo su cuerpo.

    ------ ¡No se asuste, chingado! ---- dijo el hombre ---- En acciones exterminadoras, las autodefensas no podemos dejar testigos delatores.

    -----  Quiero verle el rostro  ----- pidió el maestro Luciano.

    ----- Se lo vemos, por qué no. ----- y al mismo tiempo  estiró la mano para quitarle el pasamontañas que lo ocultaba. ---- ¿Es rata conocida?

    ----- ¡Dios mío! ---- exclamó el maestro Luciano --- Es el agente que me quiso despojar de la motocicleta en el retén del desierto.

    ----- Para que vea usted ----- comentó el otro.

    E iniciaron la retirada en sentido opuesto a la costa, por diferentes caminos entre los cultivos, que el maestro Luciano ni se imaginaba. En un determinado punto, los hombres separaron a los rescatados, subiéndolos en diferentes vehículos. El maestro Luciano, lejos de alegrarse o mortificarse por el violento rumbo que tomaron las cosas, se dejaba llevar, confiando plenamente en aquellos hombres rústicos, rudos y silenciosos, carentes de cualquier jactancia por lo realizado. El maestro Luciano notó que el día se mantenía seco y extremadamente claro, con sol muy intenso y con mantos de nubes lejanas y blancas sobre las colinas que también le parecían brillantes bajo el mismo cielo azul inmutable.

    Continuará…  

     


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